Antes de decidirme finalmente por el tema a tratar en este, mi segundo artículo, y dado el gran número de acontecimientos que, a pesar de las incesantes lluvias de las últimas semanas, me están sucediendo en relación al mundo del karting, he estado tentado en emular al gran e inimitable George Lucas y comenzar mi serie de artículos por los sucesos mas recientes, para terminar con “El Comienzo”, pero no, seré fuerte y pondré freno a mis ansias de narrar.Todo comenzó hace muchos años, un buen día de primavera en el que lucía el sol y la temperatura era agradable, cuando unos amables policías locales, ataviados con lo que a mi me parecieron, sus trajes de gala, visitaron el colegio en el que yo cursaba 7º de EGB y nos llevaron a un parque cercano, donde rodeado de grandes
Todos nos agrupamos en torno a un agente, se hizo el silencio y nos dijo, “ahora circularemos con un coche de verdad” y de la furgoneta, empujado por otro de los agentes, salio lo que en aquel momento me pareció un extraño artefacto de cuatro ruedas, con un pequeño asiento, un volante y un motorcillo, y otro y otro y otro, hasta un total de unos seis artefactos salieron de la furgoneta. Quedaron todos los artefactos alineados en una de las rectas de nuestra pequeña ciudad, los primeros seis elegidos nos situamos junto a las máquinas, posteriormente descubriría que no fue azar la elección de los seis primeros afortunados, fuimos seleccionados los que habíamos perdido menos puntos en la fase de las bicicletas. Uno a uno, fueron arrancando los artefactos, cuando arrancó el que yo tenía asignado y sentí el ruido ensordecedor del motor y el olor penetrante que desprendía, algo recorrió mi cuerpo, de ese momento no recuerdo nada que no estuviera a más de dos metros de mi. Nos pusimos el casco que había en el asiento, montamos y comenzamos a circular por la pequeña ciudad, en el mismo momento en que pisé el acelerador, la mini ciudad, con sus señales, intersecciones y demás, se transformó, cual Mónaco en un día de carreras, en un bello circuito, mi corazón comenzó a latir con más fuerza y de mi vista desaparecieron los verdes árboles que custodiaban el circuito, la furgoneta, los agentes, incluso mis queridos compañeros de clase, todo fluía y el único sonido que perturbaba mis oídos, era el rugido de aquél pequeño motor que tenía junto a mi codo derecho. Parece increíble, pero semanas más tarde, fui elegido para ser el representante de mi colegio en un evento similar entre todos los centros de mi localidad, el resto es historia.Pasaron una serie de años de autentica sequía automovilística, en los que mi mente se fue calentando a base de ver las carreras de F1 que por aquel entonces se dignaban a dar en la televisión y jugar con cualquier cosa que se pareciese a un bólido (scalextric, videojuegos, coche teledirigidos, etc…).
Hace cinco o seis años, comencé a montar en todos los circuitos de karts de alquiler que encontraba a mi paso, y poco a poco, el demonio fue entrando en mi cuerpo. Según iba pasando el tiempo y los kilómetros, me daba cuenta de dos cosas, la primera, que dada mi complexión física, nunca se me daría especialmente bien el tema de los karts y la segunda y más importante, que con permiso del esquí, esto de los karts es una de las cosas que más me gusta del mundo.
Como terminé siendo el propietario de una de estas maravillosas máquinas, es otra historia...


